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La ultraderecha aprovecha la euforia trumpista y el vacío de oposición para buscar su hueco en México

El actor Eduardo Verástegui solicita la creación de un partido político en un país que todavía no tiene base social para los extremismos

Eduardo Verástegui durante la Conferencia de Acción Política Conservadora, en Oxon Hill, Maryland, el 21 de febrero de 2025.
Eduardo Verástegui durante la Conferencia de Acción Política Conservadora, en Oxon Hill, Maryland, el 21 de febrero de 2025.Jose Luis Magana (AP)
Carmen Morán Breña

Con la llegada del radicalismo trumpista de nuevo a Estados Unidos y el avance de la ultraderecha en medio mundo, una pieza sigue quedando pendiente en Latinoamérica: México, un país de 126 millones de personas con potencial económico y fuerte raigambre católica. A un lado y otro del océano, líderes de esa ideología persiguen sin desmayo la conquista de este país, donde una oposición desarmada deja un jugoso hueco para la penetración de ideologías populistas. El actor y productor Eduardo Verástegui, que ya intentó sin éxito una candidatura independiente para las elecciones de 2024, ha solicitado ahora la creación de un nuevo partido, el Movimiento Viva México. Hoy, como ayer, no encontrará un camino llano, pero los vientos republicanos que soplan desde Estados Unidos pueden hinchar un poco más las velas.

El movimiento político de Verástegui exhibe el escudo de armas inconfundible de la ultraderecha: “Vida, familia y libertad”, es decir, antiabortistas, matrimonio heterosexual con hijos y un Estado al mínimo. Tampoco hacía falta, las manifestaciones públicas del actor, ultracatólico y dado a las escopetas para limpiar el mundo del fantasma woke, no dejan espacio a la duda. Son sus aliados Trump, Milei en Argentina y Santiago Abascal, líder de Vox en España, unos prestan dinero y otros carga ideológica. El primer problema viene aminorado, puesto que presentar una candidatura independiente para la presidencia requería la firma de casi un millón de personas entre 17 Estados, algo que no consiguió el año pasado, mientras que para registrar un partido las exigencias son algo menores, aunque no pocas. Las dos grandes economías latinoamericanas son un plato ansiado para la ultraderecha. Brasil ya tuvo sus aventuras bolsonaristas, que han dejado el terreno sembrado. México se revela hueso duro.

Antes de apelar a los votos se necesita ir nutriendo una fuerte base social, algo que ya ha conseguido Vox en España, por ejemplo. Por no hablar del avance de Alternativa para Alemania (AfD) en las recientes elecciones, segunda fuerza, o la Italia de Meloni y la ultraderecha francesa. “Las crisis políticas y económicas tienen mucho que ver con eso, por eso el reto México ahora es evitar el vacío que están dejando los partidos tradicionales y tapar los que ya existan lo más rápido posible”, sugiere Mario Santiago, investigador del Instituto Mora y experto en ultraderecha. Aunque cree que las huestes de esta ideología están todavía dispersas. Vox, explica, está siendo el traductor para México de las experiencias europeas, lo mismo que el argentino Agustín Laje, basamento teórico de Milei. En una de sus conferencias, Laje pidió paciencia en México, pero sin dejar de dar la batalla. “Laje es peligroso, es el puente entre Verástegui y Vox, así como algunos evangélicos”, explica Santiago. Las redes sociales siguen siendo el magma ideal para que calen lemas antiguos como la Madre Patria, en referencia a España, algo que un partido de ultraderecha mexicano no debería admitir, pero el populismo, dice Santiago, vive cómodo con las contradicciones. Después de todo, que el Movimiento se llame Viva México no roba voto alguno, porque eso lo gritan todos los partidos en ese país.

La llegada de Trump al poder despliega una enorme paradoja. Por un lado, colabora alimentando la euforia de la ultraderecha mexicana y la de todo el mundo, pero sus andanadas contra lo mexicano, con los aranceles comerciales como prioridad, lo único que ha logrado por ahora es unir al país contra un enemigo común y esa baza la está ganando la presidenta Claudia Sheinbaum.

Arsenal ideológico aparte, la segunda vía de oxígeno para Verástegui debe ser económica y eso sí puede llegar a espuertas de sus alianzas con los católicos republicanos. “En el norte de México, los grupos católicos están muy vinculados con los republicanos y reciben recursos económicos. Eso y la euforia es combustible anímico indudable”, señala Santiago. Sin embargo, el descontento económico en las clases más proclives a buscar remedio en la religión es un flanco que México tiene por ahora cubierto: son muchas las ayudas sociales que se reparten y prueba de ello fue la abrumadora mayoría del partido en el poder, Morena.

No va a estar fácil para Verástegui, pero el investigador del Instituto Mora no quita el dedo del renglón. Habrá que estar muy pendientes, dice, del avance que ese partido, llegado el caso, pudiera tener en elecciones municipales y estatales, primer paso para la conquista de la presidencia. “Ese es el laboratorio, si vemos éxito ahí debemos levantar las cejas”, afirma. No cree que la ultraderecha tenga cartas para ganar la presidencia en 2030, pero advierte de que crear un líder es cuestión de meses en tiempos de redes sociales. “Es la estructura de partido la que cuenta, el cartucho Verástegui es desechable”, añade. Hay, explica, por todo México grupos de abogados vinculados con el partido Republicano estadounidense, muy conservadores, movilizados y con recursos. “Hasta el Yunque ha ofrecido ya sus bases”, asegura, en referencia a la organización ultraconservarora.

Otro experto, el profesor de la Universidad de Massachusetts Lowell Rodrigo Castro Cornejo, está de acuerdo en que el contexto mexicano actual es más favorecedor para un incipiente zarpazo de la ultraderecha ahora que hace unos meses, debido al vacío de la oposición conservadora, con el PAN desarticulado (y un PRI invisible). “Pero sigo sin ver un electorado con ganas de una oferta a la ultraderecha”, sostiene. Cree que esas candidaturas vienen impulsadas por políticas de reacción ante medidas como el matrimonio homosexual, el aborto o cambios legales que favorezcan a los grupos trans y otras diversidades, algo que México ya ha ido transitando sin ruido.

Coincide en que hay fuerzas ahora como MAGA (el movimiento de Trump) o la CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) que pueden proporcionar recursos para contribuir a crear un partido, pero con él o sin él, si no hay simpatizantes que traducir en votos de nada sirve. Y Verástegui no logró más que un 14% de las firmas que precisaba en 2024. La politización, dice Castro Cornejo, que encontró o favoreció Bolsonaro en Brasil atizando políticas contrarias a ciertos movimientos de género, por ejemplo, no existe en México. Más se prestaría a ello retorcer las políticas sociales, calificarlas de clientelares o asistencialistas y reclamar un Estado mínimo, pero ese flanco tampoco tiene oxígeno por el momento.

El gran triunfo para la ultraderecha en Europa ha sido el migrante como enemigo de las esencias patrias y de la economía, el que roba los apoyos sociales que otros precisan. En México, las ayudas son para los mexicanos. La vía para utilizar a los pobres está taponada y la defensa de la patria, el himno y la bandera la tiene Sheinbaum, con éxito incluso entre el empresariado. De modo, coinciden los consultados, que Verástegui quizá consiga formar un partido, pero tendrá que esperar tiempos peores para infiltrar su ideología y sumar a México al nuevo orden imperial.

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Sobre la firma

Carmen Morán Breña
Trabaja en EL PAÍS desde 1997 donde ha sido jefa de sección en Sociedad, Nacional y Cultura. Ha tratado a fondo temas de educación, asuntos sociales e igualdad. Ahora se desempeña como reportera en México.
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