Demasiada Galicia para la FIFA
Nada ni nadie podrá convencer a Abel Caballero de que la exclusión de su ciudad como sede del Mundial 2030 no se deba a una venganza política, incluso personal, de Rafael Louzán


Existe una expresión muy popular en Galicia, herencia directa del minifundismo y nuestra proverbial desconfianza hacia el vecino, que estos días conviene recuperar para ampliar la perspectiva del conflicto desatado entre el alcalde de Vigo, Abel Caballero, y el recién estrenado presidente de la RFEF, antes presidente legendario de la Diputación de Pontevedra, Rafael Louzán. Hablar de “mover los marcos” implica connotaciones casi filosóficas para el resto del mundo, pero no para los gallegos, que simplemente nos referimos a la posibilidad de que alguien haya desplazado esas piedras —marcos— con las que nuestros esforzados tatarabuelos delimitaban sus pequeñas propiedades con las de otros tatarabuelos igual de esforzados y no menos desconfiados.
Es un problema con el que, a buen seguro, jamás se había topado la FIFA: una guerra abierta entre dos próceres gallegos que dedicaron tantos años a moverse mutuamente los marcos de la política provincial que la internacionalización del conflicto debería ser admitida como una pretensión legítima. La premisa principal de cuanto está por venir parece sencilla: nada ni nadie podrá convencer a Abel Caballero de que la exclusión de su ciudad como sede del Mundial 2030 no se deba a una venganza política, incluso personal, de Rafael Louzán, apeado en su día del trono provincial por la pujanza en Vigo del PSOE y sustituido en el cargo por la mano derecha del alcalde, una Carmela Silva a la que lejos de Galicia reconocerán algunos aficionados al fútbol como la madre de Iago Falqué.
Siente Caballero que a su ciudad le han movido los marcos en el proceso de baremación de las sedes, algo difícil de negar a la vista de las informaciones publicadas por El Mundo, incluidos unos audios en los que el comité encargado de los trabajos se cubre de gloria con afirmaciones que ya son patrimonio inmaterial de la marca España. “Vamos a meter valores en el Excel, a ver qué nos sale”, le dice María Tato a Fernando Sanz en una de sus reuniones de trabajo, para rematar con un colosal “primera prueba de las 800 que haremos hasta que nos cuadre el resultado”, un nuevo y electrizante ejemplo de la tradición picaresca que inunda nuestra vida pública desde los tiempos en que Lázaro de Tormes comenzó a buscarse la vida al servicio de un ciego.
Sobre el posible (algunos pensarán que probable) papel de Louzán en la exclusión de Vigo como sede del Mundial se hablará largo y tendido en los próximos meses sin llegar a ninguna conclusión definitiva, salvo que al estadio de Balaídos lo descabalgaron muy a última hora y en base a unos criterios de evaluación cuanto menos polémicos, de ahí el rebote de un Caballero que conoce sobradamente la habilidad de su ancestral némesis para difuminar rastros y salir indemne de cualquier acusación. La RFEF, a través de un primer comunicado, se ha ocupado de exculpar a su presidente de toda responsabilidad, una decisión de corte evasivo que lo afianzaría como el principal sospechoso a ojos de Caballero, pues nadie en su sano juicio le hablaría a Noé de la lluvia o, en gallego clásico, a un pai de ter fillos (a un padre de tener hijos).
Recuerdo que, hace unos años, mi abuela montó un cristo importante con una sobrina suya por culpa de unos terrenitos adyacentes que cambiaban de tamaño casi cada noche. “Sé perfectamente dónde estaban los marcos porque yo los moví primero”, me dijo una tarde muy enfadada. Que nadie se sorprenda, por tanto, si Galicia y sus costumbres le vienen demasiado grandes a la FIFA.
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