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¿Cómo superar el trauma de una ruptura? Una guía práctica

Aceptar que la persona con la que nos imaginábamos envejeciendo ya no es nuestra pareja es una experiencia dolorosa pero común. Aprender a soltar es la clave para transitarla

Uno de los principales motivos por los que las personas acuden a terapia psicológica es por problemas relacionados con el amor, el desamor y las rupturas. A veces, transitar una ruptura amorosa, tener que soltar y dejar ir definitivamente a quien deseas contigo, pero no es para ti, puede ser una experiencia traumática y compleja. De las que más nos hacen sufrir y para las que menos preparados estamos.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto soltar? ¿Por qué puede llegar a ser tan traumático vivir una ruptura amorosa? En consulta observamos que esto sucede básicamente por dos motivos.

Por un lado está el miedo al cambio o, lo que es lo mismo, el miedo a la pérdida. En una ruptura se produce una pérdida que va mucho más allá de la mera ausencia de la persona que teníamos al lado: se pierden con ella nuestras rutinas, los proyectos de futuro compartidos, el sueño de envejecer de la mano, la ilusión de crear una familia, disfrutar de nuestros hijos a tiempo completo… Y, normalmente, no estamos preparados para ello. Es un miedo que se origina en el cerebro y la ciencia nos ha demostrado que el cerebro se esfuerza sin descanso por mantenernos en vida, pero también por ahorrar energía y evitar que suframos. El cerebro interpreta que, si nada cambia, todo será más fácil, conoce lo que hay y sabe lo que debe hacer para lograr su objetivo. Por ello, tratará de evitar esa pérdida a toda costa, porque supone un esfuerzo extra enfrentarse a una nueva situación. Y por ello nos negamos a aceptar esa realidad prefiriendo el autoengaño al entendimiento y el victimismo a la libertad.

Por otro lado, la ruptura amorosa suele ser tan traumática porque es un golpe de gracia a nuestra autoestima. Nos han dejado. Ya no nos aman y eso podemos interpretarlo como que no somos suficientes, ni valiosos, ni merecedores, ni dignos. Nos cuesta volver a mirarnos con amor, a tratarnos con bondad y desde la compasión. Por ello, nos resistimos a soltar aquello que considerábamos que nos daba valor.

No somos conscientes de que es necesario amarnos de verdad para soltar a quien ya no nos ama o para soltar aquello que ya no nos pertenece. Olvidamos, además, que tal vez nunca nos perteneció. La vida nos puso esa persona en el camino como una oportunidad de aprender y crecer y conocernos un poco más a nosotros mismos.

Por ello, cuando tenemos que transitar el dolor insoportable y a menudo traumático de una ruptura amorosa, lo más recomendable es hacer un proceso para reconectar con el amor hacia nosotros mismos y para demostrarle a nuestro cerebro que somos capaces de reconstruir nuestra vida sin esa persona que, al fin y al cabo, ya no quiere o no merece estar a nuestro lado.

Se trata de un proceso que debemos hacer sin prisa, aunque también sin descanso, teniendo en cuenta que la clave indiscutible que marcará la diferencia siempre es la misma: la educación. Solo si tenemos la información necesaria sobre lo que nos está ocurriendo, lograremos entender que es normal que al principio uno se niegue a creer que eso le esté sucediendo. Podremos entender que es normal que sintamos rabia o ganas de venganza hacia quien supuestamente nos hirió o que es normal sentir que navegamos en las profundidades de la más absoluta tristeza. Pero también sabremos que, una vez hecho este camino, llegaremos a la anhelada y sanadora aceptación.

Sobre todo es importante recordar que cada proceso es único, que cada persona es distinta y que, por mucho que puedan parecerse a veces entre sí, cada historia se vive de un modo particular. Tratemos de evitar juzgarnos o compararnos con los demás. Centrémonos en nuestra vivencia, en nuestras emociones y en aquello que cada uno vaya sintiendo por dentro. En la consulta vemos con frecuencia que aquellas personas que se comparan con otras y se mortifican con pensamientos tipo “nunca lo superaré”, “lo mío es peor” o “a mí me costará mucho más” de algún modo se están programando para vivirlo como ellas esperan. Pero no tiene por qué ser así. Todos sin excepción estamos preparados para enfrentarnos a una ruptura.

Decía Epícteto que deberíamos mirar la vida como si de un banquete se tratara. Cuando te pasen las bandejas, extiende la mano y sírvete una porción moderada. Si una fuente pasa de largo, disfruta de lo que tienes en el plato. Y si un manjar aún no te ha sido ofrecido, espera pacientemente tu turno.

Ser capaces de soltar aquello que no es para uno, aquello que se va o pasa de largo, siempre nos ayudará a recuperar la paz y comprender mejor nuestras heridas. Pero la capacidad de valorar y agradecer todo lo bueno que seguimos teniendo y cada una de las personas que siguen estando ahí nos permitirá tomar conciencia de qué es lo que verdaderamente importa: el amor, la bondad y aquellos que, a pesar de las tormentas más oscuras que hayamos transitado, jamás nos han soltado.

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