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COLUMNA
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En plano secuencia

Un mundo que no quiere escuchar nada que le contradiga es un mundo censor y bochornosamente pacato

Owen Cooper, como Jamie Miller, y Stephen Graham, en el papel de su padre Eddie, en 'Adolescencia'.
David Trueba

Hace años el director de cine Roman Polanski, pese a ser gran admirador de Hitchcock, criticaba con dureza el ejercicio de estilo que impulsaba La soga. Se trataba de rodarla entera en lo que se podía considerar un solo plano secuencia. En su opinión, el error fundamental de Hitchcock consistía en que se pasaba la película encontrando excusas para mover la cámara, en lugar de tan sólo mover la cámara en aquellos momentos en que ocurriera algo preciso que obligara ello. Polanski, que fue un maestro de la puesta en escena, conocía bien los peligros de una profesión que se desempeña entre el oleaje del mundo del espectáculo. Es obvio que La soga ha quedado reducida a aquel único mérito de la destreza para ocultar los entonces obligatorios cambios de rollo de negativo. Todo esto vuelve al recuerdo al ver la serie Adolescencia, cuyos cuatro capítulos están grabados en un solo plano continuo a través de las distintas secuencias. Este ejercicio le añade a lo que cuenta un grado de verosimilitud, como sucede a veces con ese bobo reclamo del “basado en hechos reales”.

En los últimos años, es bastante evidente que la valoración de las películas y series tiene mucho que ver con el asunto que tratan y cómo lo tratan. En un mundo tan polarizado se tiende a sobrevalorar lo que nos da la razón. Es habitual escuchar elogios en función de que el contenido nos resulte adecuado a nuestras inclinaciones cívicas. No deberíamos caer en el error de pensar que un libro o una serie de televisión es mejor si trata del problema del hambre en el mundo o es más “real” por estar originado en una historia real. Más bien al contrario, aquellos asuntos en los que estamos todos de acuerdo resultan muy poco excitantes como reto narrativo. Cuando guían las buenas intenciones, los que ejercen el papel de villanos suelen resultar obvios, simplones y poco complejos para ponérselo fácil al discurso. De ese modo, los corruptos suelen dibujarse como mohínos y sombrones, pese a que casi siempre son simpatiquísimos y gozan de descaro y chispa. No hay más que mirar el caso de Donald Trump, elegido presidente por unos conciudadanos que le perdonan casi todo.

Para muchos es frustrante no entender por qué pasan las cosas que pasan. Algunos se desesperan y hasta dejan de leer el periódico porque les agobia el mundo al que les asoma. Precisamente, en entender lo que no entendemos consiste una de las grandezas de la narrativa. Y si algún defecto destila la serie británica Adolescencia es que quizá los espectadores que la hemos recibido con admiración ya pensábamos lo que pensábamos tanto antes como después de verla. Que las redes sociales han arrojado a nuestros jóvenes a un océano de estiércol cívico no es nada nuevo. El problema es simplificar las sutilezas que zarandean su vida íntima en favor de una receta que nos lleve a prohibiciones puntuales sin enfrentarnos al problema real en toda su dimensión. Los padres de la serie Adolescencia se culpan por haber estado despistados con respecto a su hijo, haberle dejado llegar a casa y encerrarse en su cuarto sin compartir el tiempo en común. Sería un diagnóstico equivocado si la sociedad lo entendiera como un problema particular y no general. Un mundo que no quiere escuchar nada que le contradiga ni que le rete intelectualmente es un mundo censor, plano y bochornosamente pacato. Nuestro problema es que pretendemos vivir en un plano aislado y concreto, ignorando que, en realidad, vivimos inmersos en un tremendo plano secuencia.

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